miércoles, 6 de enero de 2016

DESORIENTADOS

DESORIENTADOS (por Lalo Monsalve)

Nunca tuve claro lo que quería ser cuando fuese mayor. Sentía sana envidia de aquellos compañeros y amigos que, ya desde la adolescencia, sabían a ciencia cierta que su verdadera vocación era tal o cual. Algunos de ellos, estaban convencidos de que no les gustaba estudiar y preferían embarcarse en el aprendizaje de un oficio concreto. De éstos, los había que sabían hacer cosas. Por el contrario, aquel joven que era yo me sentía inútil.

Tal vez la culpa de ello fuese la enorme desorientación que teníamos todos. Por ejemplo, a mí nadie me dijo nunca que servía para esto o lo otro, lo cual me horrorizaba, ya que probablemente ese silencio sólo confirmaba mi presunta inutilidad. Por fortuna, tenía una memoria aceptable y era capaz de reproducir fielmente mis conocimientos en un papel. Pensé que lo mejor que podía hacer era estudiar, lo que fuese, algo no demasiado complicado para finalizar lo antes posible, conseguir un empleo e independizarme.

Una mezcla de esfuerzo y de suerte, después de algunos altibajos desmoralizadores y desesperanzados, fue la causante de la consecución de mi primer empleo. Cuando miro hacia atrás desde una óptica un tanto pesimista y exigente, tengo la impresión de que las cosas podrían haberme ido mejor. Pero si cambio de cristal, me veo a mí mismo muy afortunado y me admiro, de alguna forma, por estar donde estoy sin ser ninguna lumbrera.

Sin embargo, lo que no perdonaré jamás es aquella funesta falta de orientación. Recuerdo que, cuando finalicé mis estudios, me inscribí en un COIE (Centro de Orientación e Información Universitaria), desde donde nunca me llamaron para aconsejarme ni informarme de nada. Simplemente, me dediqué a enviar mi corto currículo a decenas de empresas, solicitando un empleo relacionado con la carrera que había cursado. Nadie me advirtió de la conveniencia de continuar mi formación post-grado ni acerca de la mejor manera de buscar trabajo. Solo era un ciego dando palos al aire.

Actualmente, parece que la situación ha cambiado. Los recién titulados poseen numerosas vías de orientación en el estudio. No obstante, observo que muchos optaron por una formación de una manera no vocacional, lo cual suele conducir a la frustración y el fracaso, provocando numerosas situaciones vitales no deseadas.

Un maestro, un profesor, no debería ser sólo un impartidor de conocimientos, sino un guía, un orientador, capaz de atisbar en el individuo, de manera precoz, una serie de cualidades que le permitan desarrollar sus potencialidades. Y no estoy hablando meramente de conseguir un empleo. No somos carne de empresa.

Como sabiamente señala el tópico, se trata de trabajar para vivir, no de vivir exclusivamente para el trabajo. La cuestión es llegar a ser una persona útil y a la vez responsable y conforme con uno mismo, teniendo en cuenta sus expectativas. Se trata de lograr una verdadera realización individual, desempeñar el papel que nos corresponde en la colectividad y buscar la felicidad propia y la de los que nos rodean. 

Un orientador no puede ser un reclutador laboral. Eso sería terrible. Es una figura fundamental en nuestra sociedad. Es una tarea social imprescindible, al frente de la cual deberían estar sólo los mejores, los más capaces, dignos del mayor de los reconocimientos. Como diría Larry Romántico, hacen falta más seres de luz como ellos.