domingo, 21 de agosto de 2016

SINCRONICIDADES Y RESONANCIAS

SINCRONICIDADES Y RESONANCIAS (por Larry Romántico)

Ahora que ando sumergido en la filosofía Advaita y la visión no dual de este mundo, he recordado de nuevo a El Chico del Niki Rojo y su novela "Reencuentro con un Alma".

Me consta que ese texto lo comenzó a escribir en 2002, pero terminó dentro de un cajón hasta que fue rescatado muchos años después por el autor para culminar su obra. En la novela, además del viaje en el tiempo, se habla de la resonancia de las almas, cuestión que está relacionada con el mundo subatómico y las vibraciones, algo que en estos tiempos es objeto de intenso debate por los estudiosos de la mecánica cuántica.

No hace falta estar iluminado para percatarse de que, en este planeta en el que transcurre nuestra experiencia de vida, detectamos rápidamente la sintonía o no de nuestra mente con las de los demás. No sólo vibramos con la buena música, la lectura de un libro o la contemplación de una obra de arte. Una mirada, un llanto, o una sonrisa nos conmueven, nos hacen resonar de manera especial con la otra persona. Algo dentro de nosotros entra en conexión profunda. Sentimos que es cierto, es verdadero, es el Ser. Nuestro Yo interno se hace presente en un momento que es ahora, el único tiempo que existe. Un instante eterno.

Son detalles sencillos, totalmente inocentes. Nos demuestran que, en realidad, no estamos aislados y que somos capaces de comunicarnos como si fuésemos una sola Unidad. Dicen que nuestro Ser forma parte de Dios, es decir, de la Consciencia que todo lo abarca y que se extiende infinitamente. Dicen que tu y yo somos lo mismo, que ambos lo tenemos todo dentro de nosotros y que nada que esté fuera de mí puede hacerme daño. No existe la casualidad sino la sincronicidad. Estamos aquí por una razón predefinida y una motivación concreta. Lo que nos sucede no ocurre por azar.

Los que dicen ser maestros de estas cosas están convencidos de que algo muy grande se está moviendo y será capaz de convulsionar el mundo hasta sacudirlo y darle la vuelta como a un calcetín. Empezando por cada persona. Si es cierto que hemos venido desde donde siempre estuvimos para experimentar como la mente que somos hasta alcanzar nuestra completud y la perfección, y que la muerte no existe porque la vida es eterna, entonces tal vez me sienta más confortado y fortalecido en mi línea de pensamiento desde la cual todo lo que llevo creyendo ver en este mundo irreal es sólo una fantasía. 

En realidad, no podía ser de otra manera, puesto que no concibo un Dios tan demente que pudiera haber establecido este auténtico melodrama tragicómico que es vivir. Un manicomio sin fin. Somos una parte de esa Consciencia que juega a experimentarse a sí misma, que se separó de la Divinidad sin saber que seguía siendo divina. Me gusta la idea de que, cuando haya completado mi experiencia, simplemente despertaré y regresaré al mundo real donde me preguntarán si deseo volver a experimentar algo diferente o dedicarme a mi labor de co-creación con Dios.

Es una delicia saber que soy un Ser infinito, que puedo cancelar todas mis ilusiones mundanas, que la enfermedad sólo existe dentro de mi sueño y que el cuerpo es sólo un límite pre-establecido para que pueda concebir la idea de mi propia separación. Una herramienta de soporte para andar por una casa que no es la mía, algo que me sirve para referenciar un tiempo que no existe en el mundo real, que se irá deteriorando, y que no me será de utilidad al final de mi experiencia terrenal.

Estos meses estoy aprendiendo a desaprender. Estoy entregando mis sentimientos de culpa. El pasado no existe. Por tanto, ya no me deprimo por lo que pudo ser y no fue o por todos mis errores (¡no pudo ser de otra manera!, ¡pensé que aquello en su momento fue una buena idea!). El futuro tampoco existe. En ese sentido, no le tengo miedo a nada. Sólo poseo el presente. Este mismo instante. Y cada decisión que tome ahora mismo, condicionará el resto de mi vida aquí. Dispongo del poder de elegir, el más grande que existe, y me entreno cada día para practicar el perdón. Me veo proyectado en los demás a los que hice daño y también en quienes me fastidiaron. Y resulta que ahora siempre veo lo mismo: esa imagen soy yo.

Así que me perdono a mí mismo por todo ello. Por unos y por otros. Empiezo a conocer lo que puede ser la paz interior. Soy un poco más feliz y más libre. Me veo a mí mismo como comprensión, quiero darme, extenderme. Ya no exijo nada. Trato de dar sin esperar nada a cambio. Recibiré lo que dé, ni más ni menos. Dejo ir y dejo hacer a la Providencia. En realidad, cuando dude o no sepa qué camino tomar no tendré que hacer nada. Alguien moverá los hilos por mí dulcemente y encontrará la solución más favorable para mis problemas. Nadie ganará ni perderá con la decisión. Yo ya no pido. Sólo agradezco. Me gustaría convertirme en un corazón radiante. Algo que siempre intuí que ya era, pero que estaba disimulado bajo múltiples capas de nubes, más o menos densas y oscuras.

Y sigo profundizando y avanzando, desde que observo este mundo con otros ojos. Sólo puedo decir: "Sana tu mente y el cuerpo simplemente te seguirá".

Paz y Amor. Esta es la combinación ganadora.


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