lunes, 3 de octubre de 2016

EL PRECIO DE LA FRIVOLIDAD

EL PRECIO DE LA FRIVOLIDAD (por Lalo Monsalve)

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra "frívola" de manera distinta cuando se refiere a una persona (insustancial y veleidosa) o a una cosa (ligera y de poca sustancia).

No podría existir mejor calificativo para la etapa en la que tuve un contacto más cercano con algunos dirigentes del PSOE. Llegó un momento en que cada gesto, cada actuación, me parecían auténticas frivolidades. Escasa seriedad, poco rigor. Fue el principio de un declive ideológico y de las formas que se esperan de un partido político centenario. Los últimos estertores de ZP me parecieron patéticos, pero no menos que la andadura desértica que comenzó en 2012, después de una brutal derrota en las urnas. 

El acceso de Pedro Sánchez a la Secretaría General fue una especie de mera operación de marketing publicitario, con el vano intento de que un rostro más o menos agraciado sirviera de cebo en el caladero de unas aguas que habían pasado del color rojo al morado en un plís plás.

El futuro tiene una característica muy peculiar. Siempre llega. Y con él vinieron nuevas elecciones invernales. Mariano no podía mandar de nuevo a su antojo, pero ese mérito en nada yo se lo atribuyo al PSOE, sino a una manada de jóvenes lobos inexpertos con piel de cordero que encandilaron a millones de votantes. Nunca sabremos si a Pedrito le pidió alguna vez el cuerpo pactar de verdad con Pablito, pero lo cierto es que sólo llegó a firmar unos cuantos folios con Albertito, un joven arribista de derechas. Por estos pagos, la gente ya tomó nota de que un gobierno alternativo de izquierdas era algo quimérico, sobre todo cuando el Iglesias dejó claro que el "ménage à trois" era imposible, y que a muchos se les llena la boca de España en cuanto se les habla de Cataluña.

Y llegó el verano entre un cúmulo de dimes y diretes, postureos, devaneos y sonrisas por doquier. Las papeletas tampoco revelaron una solución fácil para la gobernabilidad. Por fin, Mariano tuvo que dar la cara y movió mínimamente las fichas del tablero, pero Pedrito se inventó la canción del verano, cuyo estribillo decía: "No, no, no es no" y que repitió hasta la saciedad hasta que se lo creyó de veras.

De repente, le dio por cambiar de melodía y sin postularse para iniciar nada real y con sentido, lanzó una especie de boomerang dirigido hacia la sede de Unidos Podemos, un guiño extraño que olía a intento de ganar tiempo frente a las críticas de los denominados "barones críticos", un conjunto de individuos e individuas que sacaban pechos (sobre todo en Andalucía) por haber ganado elecciones mientras otros (mejor dicho, otro) las perdían de manera sucesiva y estableciendo "récords" históricos.

Se acercaba de nuevo el otoño-invierno y los nervios afloraban a la superficie. Miembros y miembras de la Ejecutiva dimitieron de súbito, y un sábado bajo el Sol militantes socialistas se liaron a mamporros como consecuencia de tanto despropósito. Era como una vieja película del Oeste americano. Un partido roto, desgarrado, a cuya salvación han acudido un ejército de cosedoras/es y zurzidoras/es, pareciéndose los aledaños de la sede de Ferraz más a las calles de Lagartera en sus buenos tiempos que a un barrio castizo de Madrid.

Dicen que los de Unidos Podemos han sacado cilicios y flagelos, para que los moratones de sus pieles hagan juego con el logo de su partido, mientras Mariano se fuma otro puro habano al tiempo que estrecha la mano pecadora de Felipe González, que le recuerda lo que le dijo a la periodista: "¿Que han pasado cosas?, pues me ratifico en lo que dije!!". O sea, traduciendo, que viva el Ibex 35 y los consejos de administración. Una oda a la lista más votada. Y todo sea por la estabilidad de España.

En medio de todo este sarao kafkiano, la voz clara de Josep Borrell, sigue resonando en las ondas hertzianas y viaja ya por el espacio como una pequeña sonda capaz de reconocer la traición nada más verla, pues el catalán ya sufrió en propias carnes la puñalada trapera y amarga de ciertos compañeros del partido y de otras fuerzas procelosas que todos conocemos.

Entre los restos del naufragio, se vuelven a escuchar las voces de los barones, como si fuesen cánticos de sirenas cantando la canción del verano de Pedrito. Es un "remake" que repite: "No a la abstención, no a la abstención". Ahora es cuando uno ya no comprende nada, pues tiene la sensación de volver a oír a nuevos cantantes con la misma melodía. Es un verdadero cachondeo que huele a Festival de Benidorm.

Al menos, quizás habría servido para algo la intención de Borrell de poner un precio a cada trozo de abstención. Un tanto para la Educación, otro tanto para la Sanidad pública, otro poco para lo Social. Pero sus compañeros rechazaron esta feliz idea salvadora y no volvió a abrir la boca en público hasta que le entrevistó la inefable Pepa Prisa.

En estos momentos, sólo falta que el precio de mercado lo ponga el propio Mariano. Como siempre hace, dejará pasar el tiempo y se sentará para ver pasar el cadáver del enemigo. En sus inmóviles manos está que se convoquen los terceros comicios y hundir totalmente en la miseria electoral al PSOE. Como dicen en el pueblo, "la puntilla al toro". A este paso, no van a quedar ni desechos de tienta.

Y hablando de canciones. Cuando veo en la televisión a un antiguo compañero liarse a tortazos con otro militante por unas ideas, me viene a la cabeza aquella canción de Karina que decía: "¡Qué poco significan las palabras...Uuhh!" y continuaba: "...cualquier tiempo pasado nos parece mejor...".  


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